FOTOPALABRAS

EL MARIDAJE DE IMAGEN Y PALABRAS

GREGUERÍAS DE ROSAS Y SOMBRAS

EL CAPULLO JOVEN
SIEMPRE MIRA CON DESDÉN.
  
LA ROSA ADULTA
SIEMPRE MIRA COMPLACIENTE.

LA ROSA QUE TRASCIENDE ES
LA QUE SE VE COMO EL OTRO LA VE.

NUESTRAS SOMBRAS JUEGAN
A SER LO QUE LOS DEMÁS VEMOS.

 LA ROSA MIRA SU SOMBRA,
NO SABE DE BELLEZA,
SE VE SÓLO COMO SOMBRA.
 
LA MUERTE MIRA AL CAPULLO,
Y NO DESESPERA.
ES CUESTIÓN DE TIEMPO, PIENSA.

  LOS CAPULLOS, CERRADOS A CAL Y CANTO.
LAS ROSAS, ABIERTAS DE PAR EN PAR.
  POR ESTAR EN OTRA EDAD
CREE QUE ES DIFERENTE,
SÓLO UN TIEMPO HAY QUE ESPERAR.

ROJAS, LAS DOS IGUALES,
SÓLO DISTINTOS MOMENTOS.
 
EL CAPULLO VE A SU SOMBRA,
SE VE MAS COLORIDA Y CRECE,
ASÍ SE CONVIERTE EN ROSA.
 
LA ROSA MIRA AL CAPULLO,
VE LO QUE FUE Y ENTRISTECE.

 FRENTE A FRENTE, UNAS NACEN
Y OTRAS MUEREN. ASÍ ES LA VIDA.
 QUIENES MUEREN
SIEMPRE DEJAN SUS SEMILLAS,
PARA SIEMPRE.  
 
 
 
 
 
 

GREGUERÍAS RELIGIOSAS

Es religiosa, sutil y cruel.
Siempre con soberbia,
mirando con desdén.
 
El verde de su cuerpo la delata,
aunque siempre disimula,
con su elegancia.
Sus pequeños ojos,
agujas que se clavan en tu alma,
para evidenciar tu culpa.

Sus mandíbulas guardadas,
siempre al acecho,
por si hay que devorar,
sospecho. 

Su poder, el camuflaje,
por vestimenta,
y por su linaje. 
 Hinca sus rodillas, simulando,
sin reparar en que su gesto
va humillando.
 
La hembra, mientras copula, 
se lo come a besos,
literalmente, sospecho.
Los deshonestos,
se mimetizan y confunden
con el contexto.


La mantis es carnívora y asesina.
Su religiosidad la exime,
porque es divina.  






































































































































































































FOTO RELATOS MUERTES DE OTOÑO


Muerte de una hoja

 Vislumbraba su caída. Temblaba de miedo. Solía pasarle cada año, cada otoño. Siempre temía las primeras lluvias. Cuando las gotitas de agua resbalaban por su haz le entraba la sempiterna angustia. Se mostraba vigilante, miraba tras de sí, por si amenazaba uno de tantos bichejos que moraban cerca. Pero siempre, como todos los años, cada otoño, el enemigo estaba dentro de ella. Nunca imaginó que el incipiente color amarillo de su cuerpo anunciaría su muerte.


Muerte de una planta

Vio la luz al final del túnel y comenzó a recordar los momentos emocionantes de su vida: el día en que fue una yema; la hojita que despertó con un rayo de sol; trabajando, haciendo alimentos en “Fotosíntesis Corporation”; amarilleando de tanto sol...
Y se vio desde el aire, muriendo. Era otoño, casi invierno. Ahora eran otros, en otra dimensión, quienes disfrutaban contemplando el siniestro. Nunca la muerte generó tanto belleza y admiración. 



Muerte de un insecto

Comenzó a salir un hilo de su boca sin apenas percatarse. En una hoja dorada de otoño se fue enmarañando. No sintió frío, ni hambre, ni sed. Pero se fue encerrando sin saber cómo, hasta quedar en la más absoluta oscuridad. Sintió que era el final de su vida. Se moría. Nunca imaginó que después de varios días resucitaría. Y volaría con alas de terciopelo por el infinito cielo.



Muerte de un amigo

El invierno le llegó en plena vida sin apenas disfrutar la primavera.
Fue contemplando, día tras día, en el espejo de su casa, como amarilleaba la piel de su rostro. ¡Se iba! Se secaba antes de tiempo, sin apenas enrojecer como las hojas del olmo, que antes de caer embellecen el otoño.

 

NOCTILUCA 5: HUECO DE DIOSA

Un mortal creó una diosa. Paradójico, ya sé. Pero es escultor preciso, se llama Pimentel. Sólo esculpió el contorno y dejó un hueco dentro. Ese mismo hueco que todos llevamos dentro y es ahora túnel de diosa. Ese agujero es capaz de llenar los demás huecos humanos. Por eso mira hacia el mar, para apuntarnos la forma de llenar nuestros vacíos. A ver si nos damos cuenta que un hueco sólo se llena con sal. Así que seguid mirando al infinito horizonte, donde la diosa dirige sus bellos ojos de calma. Para llenar el hondo hueco, el hondo hueco del alma. 

NOCTILUCAS 4: DIOSA QUERIDA


La diosa fenicia se vistió de virgen, de virgen del Carmen,  más concretamente. Quiso seguir ayudando a los navegantes como hacía antaño, vestida de brisa.
Quiso quedarse en su mar, en su rincón deseado, y ayudar a pescadores, aunque fuese a escondidas.
Por eso se transformó en nueva diosa. ¡Qué digo diosa!. Se vistió de Madre de Dios. Todo, por quedarse.
Pimentel la inmortalizó. Y ahora luce en el paseo mirando el mar a lo lejos.  Y cada verano viste sus mejores galas para seguir siendo la misma. Esta vez como diosa cristina. Qué más da, ¡ella sólo quiere ser querida!